al verse repentinamente liberado, se inclinó apartándose de ella, mostrando gran parte de su reluciente cobre; y a todos se les cortó la respiración cuando, medio oscilando —ora sobre las cabezas de los marineros, ora sobre el agua—, se vio tenuemente a Daggoo, a través de una espesa neblina de espuma, aferrado a los aparejos pendientes, ¡mientras el pobre Tashtego, enterrado en vida, se hundía irremediablemente hasta el fondo del mar! Pero apenas se había disipado el vapor cegador, cuando una figura desnuda con una espada de abordaje en la mano se vio por un fugaz instante cernirse sobre las bordas. Al momento siguiente, un fuerte chapoteo anunció que mi valiente Queequeg se había lanzado en inmersión para el rescate. Se produjo una carrera atropellada hacia la borda, y todos los ojos contaron cada onda, mientras los minutos pasaban y no se veía rastro ni del hundido ni del buceador. Algunos marineros saltaron entonces a un bote amarrado al costado y se alejaron un poco del barco.
«¡Ja, ja!», gritó Daggoo, de repente, desde su ahora silenciosa y oscilante atalaya en lo alto; y mirando más lejos por la borda, vimos un brazo que emergía verticalmente de las olas azules; una visión extraña de contemplar, como un brazo que asoma de la hierba sobre una tumba.
“¡Ambos! ¡Ambos!—¡es ambos!”, volvió a gritar Daggoo con un júbilo alegre; y poco después se vio a Queequeg nadando audazmente con una mano y con la otra agarrando el largo cabello del indio. Subidos al bote que los esperaba, los llevaron rápidamente a cubierta; pero Tashtego tardó mucho en volver en sí, y Queequeg no parecía muy vivaracho.
Ahora bien, ¿cómo se había llevado a cabo este noble rescate? Pues bien, zambulléndose tras la cabeza que descendía lentamente, Queequeg, con su afilado alfanje, había dado estocadas laterales cerca de la base, de modo que abrió allí un gran agujero; luego, soltando el alfanje, metió su largo