¿Por qué en tu primer viaje como pasajero sentiste tú mismo una vibración tan mística cuando te dijeron por primera vez que tú y vuestro barco ya habíais perdido de vista la tierra? ¿Por qué los antiguos persas consideraban el mar sagrado? ¿Por qué los griegos le dieron una divinidad propia, y hermano legítimo de Júpiter? Sin duda todo esto tiene algún significado.
Y más profundo aún es el significado de esa historia de Narciso, quien, por no poder asir la imagen atormentadora y suave que veía en la fuente, se abalanzó sobre ella y se ahogó.
Pero esa misma imagen, nosotros mismos la vemos en todos los ríos y océanos. Es la imagen del inasible fantasma de la vida; y esta es la clave de todo.
Ahora bien, cuando digo que tengo la costumbre de ir a la mar cada vez que se me nublan los ojos y cobro demasiada conciencia de mis pulmones, no quiero dar a entender que jamás voy a la mar en calidad de pasajero. Porque para ir de pasajero es menester tener bolsa, y una bolsa no es más que un trapo a menos que uno tenga algo dentro. Además, los pasajeros se marean —se vuelven pendencieros— no duermen por las noches— no lo pasan muy bien, por lo general;—no, jamás voy como pasajero; ni tampoco, a pesar de que tengo algo de lobo de mar, voy jamás en calidad de Comodoro, ni de Capitán, ni de Cocinero. Renuncio a la gloria y distinción de tales cargos para aquellos a quienes les gusten. Por mi parte, abomino de todas las fatigas, pruebas y tribulaciones honorables y respetables de cualquier clase que sean. Bastante tengo con cuidarme a mí mismo, como para ponerme a cuidar barcos, barcas, bergantines, goletas y qué sé yo.