—¡Por la sal y el cáñamo! —exclamó Stubb—, pero este rápido movimiento de la cubierta trepa por las piernas a uno y le hormiguea en el corazón. ¡Este barco y yo somos dos valientes muchachos! —¡Ja, ja! Que alguien me tome y me lance, espina dorsal mediante, al mar..., ¡porque por los robles vivos! mi espina dorsal es una quilla. ¡Ja, ja! ¡Marchamos al paso que no deja polvo atrás!
—¡Ahí sopla, ¡sopla!, ¡sopla!, ¡justo a proa! —fue el grito que resonó desde el tope del mástil.
—¡Sí, sí! —gritó Stubb—, lo sabía, no podéis escapar; ¡soplad y reventad vuestro surtidor, oh ballena! ¡El demonio loco en persona va tras de vosotras!; ¡soplad vuestra trompa; reventaos los pulmones! ¡Ahab os cortará la sangre, tal como un molinero cierra su compuerta sobre el arroyo!
Y Stubb no hizo más que expresar el sentir de casi toda la tripulación. Los frenesíes de la caza los habían agitado para entonces hasta hacerlos hervir, como vino viejo que vuelve a fermentar.
Cualquier pálido temor y presentimiento que algunos de ellos pudieran haber sentido antes; no solo se mantenían ahora ocultos debido al creciente respeto hacia Ahab, sino que estaban disueltos y, por todos lados, puestos en fuga, como tímidas liebres de la pradera que se dispersan ante el bisonte que galopa.
La mano del Destino se había apoderado de todas sus almas; y por los conmovedores peligros del día anterior; la zozobra de la tensa espera de la noche pasada; la manera fija, intrépida, ciega y temeraria en que su fiera embarcación se lanzaba hacia su blanco en huida; por todas estas cosas, sus corazones rodaban arrastrados.
El viento que henchía grandemente sus velas e impulsaba la nave con brazos tan invisibles como irresistibles; este parecía el símbolo de aquella agencia invisible que así los esclavizaba a la carrera.