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XXVI. Caballeros y escuderos

abyecto de todos ellos, se eleva a veces hasta las cumbres excelsas; si he de ungir ese brazo de obrero con cierta luz etérea; si he de extender un arco iris sobre su ocaso desastroso; ¡entonces, contra todos los críticos mortales, sosténme en ello, oh justo Espíritu de la Igualdad, que has extendido un único manto real de humanidad sobre toda mi estirpe! ¡Sosténme en ello, oh gran Dios democrático!, que no le negaste al oscuro presidiario, Bunyan, la pálida perla poética; ¡Tú, que revestiste con hojas de oro finísimo, batido a martillo, el brazo tosco y mendicante del viejo Cervantes!; ¡Tú, que recogiste a Andrew Jackson de entre los guijarros; que lo lanzaste sobre un corcel de guerra; que lo hiciste tronar más alto que un trono! ¡Tú que, en todas Tus poderosas marchas terrenales, escoges siempre a Tus campeones más selectos entre la plebe real; sosténme en ello, oh Dios!

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