—¡Su sombrero, su sombrero, señor! —gritó de pronto el marino siciliano, quien, apostado en la copa del mástil de mesana, se encontraba directamente detrás de Ahab, aunque un tanto más abajo que su nivel, y con un profundo abismo de aire separándolos.
Pero ya el ala sombrera estaba ante los ojos del viejo; el largo pico curvo en su cabeza: con un grito, el halcón negro se lanzó con su presa.
Un águila voló tres veces alrededor de la cabeza de Tarquino, quitándole el gorro para volvérselo a poner, y al punto Tanaquil, su mujer, declaró que Tarquino sería rey de Roma. Pero solo por el hecho de haberle devuelto el gorro se consideró bueno aquel augurio.
El sombrero de Ahab jamás fue restituido; el halcón montaraz voló y voló con él, muy por delante de la proa, y al fin desapareció; mientras que, desde el punto de esa desaparición, se distinguió vagamente un diminuto punto negro que caía desde aquella inmensa altura al mar.