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CVII

como uno de esos ingenios de Sheffield, carentes de raciocinio pero sumamente útiles aun así, multum in parvo, que adoptan el exterior —aunque un poco abultado— de una navaja de bolsillo común; pero que contienen, no solo hojas de varios tamaños, sino también destornilladores, sacacorchos, pinzas, leznas, plumas, reglas, limas de uñas, avellanadores. Así, si sus superiores querían usar al carpintero como destornillador, todo lo que tenían que hacer era abrir esa parte de él, y el tornillo quedaba firme: o si como pinzas, tomarlo por las patas, y allí estaban.

Sin embargo, como ya se ha insinuado antes, este carpintero provisto de mil herramientas y de resolución expeditiva no era, después de todo, una mera máquina autómata.

Si no albergaba en su interior un alma común, poseía algo sutil que de algún modo cumplía con su deber de manera anómala. Qué era aquello, si esencia de azabache vivo o unas gotas de amoníaco, es imposible decirlo. Pero ahí estaba; y allí había permanecido durante unos sesenta años o más.

Y era esto, este mismo principio vital inescrutable y astuto que había en él; esto era lo que lo mantenía gran parte del tiempo monologando; pero solo como una rueda carente de razón que también monologa zumbando; o más bien, su cuerpo era una garita de centinela y este monologuista estaba allí de guardia, hablando todo el tiempo para mantenerse despierto.

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