CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 31 de 874
Table of Contents

I. Inicios

de mar me den órdenes —por más que me golpeen y me aporreen—, tengo la satisfacción de saber que todo está en orden; que a todos los demás les va de un modo u otro más o menos lo mismo —ya sea desde un punto de vista físico o metafísico, eso sí—; y así el golpe universal se va pasando de uno a otro, y todos a una deben frotarse mutuamente los omóplatos y estar contentos.

Nuevamente, siempre me embarco como marinero, porque se empeñan en pagarme por mis molestias, mientras que jamás le pagan un solo centavo a ningún pasajero, que yo tenga noticia. Por el contrario, los pasajeros mismos deben pagar. Y hay toda la diferencia del mundo entre pagar y ser pagado. El acto de pagar es tal vez el castigo más incómodo que los dos ladrones del huerto nos legaron. Pero ser pagado: ¿qué se le puede comparar? La urbana actividad con que un hombre recibe dinero es realmente maravillosa, si se considera que creemos tan fervientemente que el dinero es la raíz de todos los males terrenales, y que bajo ningún concepto un hombre adinerado puede entrar al cielo. ¡Ah! ¡Con qué alegría nos consignamos a la perdición!

Finalmente, siempre me embarco como marinero, debido al sano ejercicio y al aire puro de la cubierta de proa. Pues como en este mundo los vientos en contra son mucho más frecuentes que los vientos de popa (es decir, si uno nunca viola la máxima pitagórica), la mayor parte de las veces el Comodoro, en el puente de popa, recibe el aire de segunda mano de los marineros del foque. Cree que lo respira primero; pero no es así. De un modo muy parecido, la plebe encabeza a sus líderes en muchas otras cosas, al mismo tiempo que los líderes apenas lo sospechan. Pero por qué razón, tras haber olido repetidamente el mar como marinero mercante, se me metió ahora en la cabeza hacer un viaje ballenero; eso el policía invisible de las Parcas, que me vigila constantemente, me acosa en secreto y me influye de algún modo inexplicable⁠—puede responderlo mejor que nadie. Y, sin duda, mi

31