Aun así, por lo general, esa clase de cosas se puede conseguir en cualquier parte.
Estas reflexiones de aquí son motivadas por la circunstancia de que, después de habernos sentado todos a la mesa y de haberme dispuesto a escuchar buenas historias sobre la caza de ballenas; para mi no pequeña sorpresa, casi todos los hombres mantuvieron un profundo silencio.
Y no solo eso, sino que parecían avergonzados. Sí, ahí estaba un grupo de lobos de mar, muchos de los cuales, sin la más mínima timidez, habían abordado grandes ballenas en alta mar —totalmente desconocidas para ellos— y se habían batido en duelo con ellas hasta matarlas sin pestañear; y, sin embargo, ahí estaban sentados a una mesa de desayuno social —todos de la misma profesión, todos de afines gustos—, mirándose unos a otros con tanta timidez como si nunca hubieran salido de la vista de algún aprisco entre las Montañas Verdes.
Un espectáculo curioso; ¡estos osos vergonzosos, estos tímidos balleneros guerreros!
Pero en cuanto a Queequeg—vaya, Queequeg estaba sentado allí entre ellos—a la cabecera de la mesa, además, según quiso la suerte; tan fresco como un témpano. Desde luego, no puedo decir mucho acerca de sus modales. Su mayor admirador no habría podido justificar de corazón que llevara su arpón al desayuno y lo usara allí sin ceremonia; extendiéndolo por encima de la mesa, con grave peligro para muchas cabezas, y trayendo los bistecs hacia sí de un arpón. Pero aquello lo hizo sin duda con mucha frescura, y todo el mundo sabe que, a juicio de la mayoría, hacer cualquier cosa con frescura es hacerla con hidalguía.
No hablaremos aquí de todas las peculiaridades de Queequeg; de cómo desdeñaba el café y los panecillos calientes, y dedicaba toda su atención a los filetes de ternera, poco hechos. Baste decir que, cuando terminó el desayuno, se retiró como los demás al salón público, encendió su pipa-tomahawk