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XLI. Moby Dick

golpeado engendra sus hongos—; sino que, en la vida marítima, mucho más que en la de terra firma, los rumores salvajes abundan allí donde hay una realidad adecuada a la que aferrarse. Y así como el mar supera a la tierra en este asunto, la pesca de ballenas supera a cualquier otra clase de vida marítima en lo maravilloso y temible de los rumores que a veces allí circulan. Pues no solo los balleneros como colectivo están exentos de esa ignorancia y superstición hereditarias a todos los marineros; sino que, de entre todos los marineros, son con creces los que más directamente entran en contacto con cuanto hay de pasmosamente aterrador en el mar; cara a cara no solo contemplan sus mayores maravillas, sino que, mano a mandíbula, le dan batalla. Solos, en aguas tan remotas que, aunque navegaras mil millas y pasaras por mil costas, no llegarías a ningún hogar cinculado ni a nada hospitalario bajo esa parte del sol; en tales latitudes y longitudes, persiguiendo además una vocación como la suya, el ballenero se encuentra envuelto por influencias que tienden a hacer que su imaginación engendre muchos partos poderosos.

No es de extrañar, pues, que, al ir cobrando cada vez mayor volumen por el mero tránsito sobre los más anchos espacios acuáticos, los soplados rumores de la Ballena Blanca acabaran por incorporar en sí mismos toda clase de alusiones morbosas y de sugerencias fetales a medias formadas sobre agencias sobrenaturales, las cuales terminaron por revestir a Moby Dick de nuevos terrores no tomados prestados de nada que se manifieste visiblemente.

De modo que en muchos casos tal pánico llegó a infundir, que pocos de los que por esos rumores, al menos, habían oído hablar de la Ballena Blanca, pocos de aquellos cazadores estaban dispuestos a afrontar los peligros de sus mandíbulas.

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