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LIV. La historia del *Town-Ho*

diciendo que barrer la cubierta no era asunto suyo, y que no lo haría. Y entonces, sin aludir en absoluto a la pala, señaló a tres muchachos como los barreores habituales; quienes, al no estar asignados a las bombas, habían hecho poco o nada en todo el día. A esto, Radney replicó con un juramento, de una manera de lo más dominante y escandalosa, reiterando incondicionalmente su orden; mientras se abalanzaba sobre el isleño, que aún seguía sentado, con un mazo de tonelero en alto que había arrebatado de un barril cercano.

Caliente e irritado como estaba por su espasmódico esfuerzo en las bombas, a pesar de su primer sentimiento innominado de paciencia, el sudoroso Steelkilt apenas podía soportar esta actitud en el segundo mate; pero de algún modo, ahogando aún la conflagración en su interior, sin hablar permaneció terecamente arraigado a su asiento, hasta que al fin el indignado Radney le sacudió el martillo a unas pocas pulgadas de la cara, ordenándole furiosamente que obedeciera.

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