este doblón del Ecuador que es tan rematadamente maravilloso? ¡Por Golconda! Déjenme leerlo una vez. ¡Hola! ¡Aquí hay señales y maravillas de verdad! Eso, ahora, es lo que el viejo Bowditch en su Epitome llama el zodiaco, y lo que mi almanaque allá abajo llama ídem. Traeré el almanaque y, como he oído que se pueden evocar demonios con la aritmética de Daboll, probaré suerte evocando un significado de estos raros arabescos de aquí con el calendario de Massachusetts. Aquí está el libro. A ver ahora. Señales y maravillas; y el sol, que siempre anda entre ellas. Jem, jem, jem; aquí están, aquí van, todos vivos: ¡Aries, o el Carnero; Taurus, o el Toro y Jimimi! aquí están los mismísimos Géminis, o los Gemelos. Bien; el sol gira entre ellos. Sí, aquí en la moneda acaba de cruzar el umbral entre dos de doce salas de estar dispuestas en círculo. ¡Libro! Quédate ahí tumbado; el hecho es que ustedes, los libros, deben conocer su lugar. Sirven para darnos las palabras y los hechos escuetos, pero nosotros entramos a aportar los pensamientos. Esa es mi pequeña experiencia, al menos por lo que respecta al calendario de Massachusetts, al navegante de Bowditch y a la aritmética de Daboll. Señales y maravillas, ¿eh? ¡Lástima que no haya nada maravilloso en las señales y significativo en las maravillas! Hay una pista en alguna parte; espera un poco; chist... ¡escucha! ¡Por Júpiter, ya lo tengo! Mira, Doblón, tu zodiaco de aquí es la vida del hombre en un solo capítulo redondo; y ahora lo voy a leer, sacado directamente del libro. ¡Vamos, almanaque! Para empezar: ahí está Aries, o el Carnero —perro lujurioso, nos engendra—; luego, Taurus, o el Toro —nos da un topetazo a la primera—; después Géminis, o los Gemelos —es decir, la Virtud y el Vicio—; tratamos de alcanzar la Virtud, cuando ¡zas! llega Cáncer el Cangrejo y nos arrastra hacia atrás; y aquí, alejándonos de la Virtud, Leo, un León rugiente, acecha en el camino —nos da unos cuantos mordiscos feroces y zarpazos huraños—; escapamos y saludamos a Virgo, ¡la Virgen! Ese es nuestro primer amor; nos casamos y creemos que seremos felices para siempre, cuando de repente aparece Libra, o la Balanza —la felicidad pesada y hallada ligera—; y mientras estamos muy tristes por eso, ¡señor! cómo saltamos de repente,
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