contra la suya, me rodeó la cintura con los brazos y dijo que de ahí en adelante estábamos casados; queriendo decir, según la expresión de su país, que éramos amigos del alma; daría gustosamente su vida por mí, si fuera necesario. En un paisano, esta repentina llama de amistad habría parecido demasiado prematura, algo muy digno de desconfianza; pero a este simple salvaje no se le aplicaban aquellas viejas reglas.
Después de cenar, y de otra charla amigable y de fumar, fuimos juntos a nuestra habitación.
Me hizo el regalo de su cabeza embalsamada; sacó su enorme cartera de tabaco y, tanteando debajo del tabaco, sacó unos treinta dólares en plata; luego, extendiéndolos sobre la mesa y dividiéndolos mecánicamente en dos porciones iguales, empujó una de ellas hacia mí y dijo que era mía.
Iba a protestar, pero me hizo callar metiéndolos en los bolsillos de mis pantalones. Los dejé estar.
Luego se puso a hacer sus oraciones vespertinas, sacó su ídolo y quitó el biombo de papel de la chimenea. Por ciertos signos y síntomas, me pareció que deseaba que me uniera a él; pero, sabiendo muy bien lo que iba a suceder, medité un momento si, en caso de que me invitara, accedería o haría otra cosa.
Yo era un buen cristiano; nacido y criado en el seno de la infalible Iglesia presbiteriana. ¿Cómo podía, entonces, unirme a este salvaje idólatra para adorar su trozo de madera? Pero ¿qué es la adoración?, pensé. ¿Supones ahora, Ismael, que el magnánimo Dios del cielo y de la tierra—paganos y todos incluidos—puede posiblemente sentir celos de un insignificante pedazo de madera negra? ¡Imposible! Pero ¿qué es la adoración?—hacer la voluntad de Dios—, eso es la adoración. ¿Y cuál es la voluntad de Dios?—hacer con mi prójimo lo que yo quisiera que mi prójimo hiciese