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X. Un alma gemela

contra la suya, me rodeó la cintura con los brazos y dijo que de ahí en adelante estábamos casados; queriendo decir, según la expresión de su país, que éramos amigos del alma; daría gustosamente su vida por mí, si fuera necesario. En un paisano, esta repentina llama de amistad habría parecido demasiado prematura, algo muy digno de desconfianza; pero a este simple salvaje no se le aplicaban aquellas viejas reglas.

Después de cenar, y de otra charla amigable y de fumar, fuimos juntos a nuestra habitación.

Me hizo el regalo de su cabeza embalsamada; sacó su enorme cartera de tabaco y, tanteando debajo del tabaco, sacó unos treinta dólares en plata; luego, extendiéndolos sobre la mesa y dividiéndolos mecánicamente en dos porciones iguales, empujó una de ellas hacia mí y dijo que era mía.

Iba a protestar, pero me hizo callar metiéndolos en los bolsillos de mis pantalones. Los dejé estar.

Luego se puso a hacer sus oraciones vespertinas, sacó su ídolo y quitó el biombo de papel de la chimenea. Por ciertos signos y síntomas, me pareció que deseaba que me uniera a él; pero, sabiendo muy bien lo que iba a suceder, medité un momento si, en caso de que me invitara, accedería o haría otra cosa.

Yo era un buen cristiano; nacido y criado en el seno de la infalible Iglesia presbiteriana. ¿Cómo podía, entonces, unirme a este salvaje idólatra para adorar su trozo de madera? Pero ¿qué es la adoración?, pensé. ¿Supones ahora, Ismael, que el magnánimo Dios del cielo y de la tierra⁠—paganos y todos incluidos⁠—puede posiblemente sentir celos de un insignificante pedazo de madera negra? ¡Imposible! Pero ¿qué es la adoración?⁠—hacer la voluntad de Dios⁠—, eso es la adoración. ¿Y cuál es la voluntad de Dios?⁠—hacer con mi prójimo lo que yo quisiera que mi prójimo hiciese

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