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IV. La colcha

botas en la mano y el sombrero puesto— debajo de la cama; por lo que, a partir de varias y violentas sacudidas y esfuerzos, dediqué que estaba trabajando duro para calzarse las botas; aunque, según ninguna ley de la decencia de la que jamás haya oído hablar, se le exige a nadie privacidad al ponerse las botas. Pero Queequeg, fíjense ustedes, era una criatura en etapa de transición: ni oruga ni mariposa. Estaba lo justamente civilizado como para exhibir su excentricidad de las maneras más extrañas posibles. Su educación aún no estaba completa. Era un estudiante universitario. Si no hubiera estado un poco civilizado, muy probablemente no se habría molestado en usar botas en absoluto; pero, por otra parte, si no hubiera sido aún un salvaje, jamás se le habría ocurrido meterse debajo de la cama para ponérselas. Por fin, salió con el sombrero muy abollado y encasquetado hasta los ojos, y comenzó a dar crujidos y cojear por la habitación, como si, no estando muy acostumbrado a las botas, aquel par de botas de piel de vaca húmedas y arrugadas —probablemente tampoco hechas a medida— le apretaran y atormentaran bastante en el primer momento de una mañana heladora.

Viendo, ahora, que no había cortinas en la ventana, y que, al ser la calle muy estrecha, la casa de en frente tenía una vista directa de la habitación, y observando cada vez más la indecorosa figura que formaba Queequeg, pavoneándose con poco más que el sombrero y las botas puestos; le rogué lo mejor que pude que se diera prisa con el retrete y que, en particular, se metiera en los pantalones lo antes posible. Él accedió, y luego procedió a lavarse. A esa hora de la mañana cualquier cristiano se habría lavado la cara; pero Queequeg, para mi asombro, se conformó con limitar sus abluciones al pecho, los brazos y las manos. Luego se puso el chaleco y, tomando un trozo de jabón duro de la mesa central del lavabo, lo mojó en agua y comenzó a enjabonarse la cara. Yo estaba observando para ver dónde guardaba la navaja de afeitar, cuando ¡oh, sorpresa!, toma el arponcito de la esquina de la cama, saca el largo

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