escrutándolos atentamente; no importaba que permaneciera así en la escotilla durante toda una hora seguidas, y que la humedad nocturna, desatendida, se acumulara en gotas de rocío sobre aquel abrigo y aquel sombrero esculpidos en piedra. Las ropas que la noche había mojado, el sol del día siguiente las secaba sobre él; y así, día tras día y noche tras noche; no volvió a bajar bajo las tablas; todo lo que necesitaba de la cámara, eso lo mandaba a buscar.
Comía a la misma intemperie; esto es, sus dos únicas comidas —desayuno y cena: la merienda jamás la probaba—; ni se recortaba la barba, que crecía oscura y nudosa, como las raíces desenterradas de árboles derribados que siguen creciendo ociosas en la base desnuda, aunque el follaje superior haya perecido. Pero aunque toda su vida se había convertido ahora en una vigilia en cubierta; y aunque la vigilia mística del parsi era tan ininterrumpida como la suya; sin embargo, estos dos nunca parecían hablarse —el uno al otro— a menos que a largos intervalos algún asunto pasajero e insignificante lo hiciera necesario. Aunque un conjuro tan potente parecía unir secretamente a ambos; abiertamente, y para la aterrorizada tripulación, parecían tan distantes como los polos. Si de día les ocurría decir una palabra; de noche, ambos eran mudos, en lo que respecta al más mínimo intercambio verbal. A veces, durante larguísimas horas, sin un solo saludo, permanecían muy separados a la luz de las estrellas; Ahab en su portalón, el parsi junto al palo mayor; pero mirándose aún fijamente el uno al otro; como si en el parsi Ahab viera su sombra proyectada de antemano, y en Ahab el parsi su sustancia abandonada.
Y, sin embargo, de algún modo, ¿Ahab —en su propia y auténtica persona, tal como se revelaba imperativamente a sus subordinados a diario, a cada hora y a cada instante— Ahab parecía un señor independiente; el parsi, en cambio, tan solo su esclavo? Y aun así, ambos parecían yugados el uno al otro, con un tirano invisible fustigándolos; la sombra flaca flanqueando a la costilla maciza. Porque, fuere quien fuere este parsi, toda costilla y toda quilla eran el sólido Ahab.