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XII. Biográfica

Y así, viejo idólatra de corazón, vivía sin embargo entre estos cristianos, vestía sus ropas y trataba de hablar su jerigonza.

De ahí sus extrañas maneras, a pesar de llevar ya algún tiempo lejos de casa.

Mediante indirectas, le pregunté si no tenía pensado volver y celebrar una coronación; ya que ahora podía considerar a su padre muerto y enterrado, pues era muy viejo y frágil según las últimas noticias.

Él respondió que no, que todavía no; y añadió que temía que el cristianismo, o más bien los cristianos, lo hubieran descalificado para ascender al trono puro e inmaculado de treinta reyes paganos que lo precedieron.

Pero más adelante, dijo, regresaría⁠—tan pronto como se sintiera bautizado de nuevo. Por el momento, sin embargo, se proponía navegar por ahí y sembrar sus discordias en los cuatro océanos. Habían hecho de él un arponero, y aquel hierro barbado ocupaba ahora el lugar de un cetro.

Le pregunté cuál podría ser su propósito inmediato en cuanto a sus movimientos futuros. Contestó que volver a la mar, en su viejo oficio. A esto le dije que la pesca de ballena era mi propio designio, y le comuniqué mi intención de zarpar de Nantucket, por ser el puerto más prometedor para que un ballenero aventurero se embarcara. Al instante resolvió acompañarme a aquella isla, embarcarse en la misma nave, entrar en el mismo turno, en el mismo bote, en el mismo rancho conmigo, en suma, compartir toda mi suerte; y con ambas manos en las mías, echarse audazmente a la buena de Dios en ambos mundos. A todo esto asentí jubilosamente; pues además del afecto que ya sentía por Queequeg, era un arponero experimentado y, como tal, no dejaría de

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