La mesa de la cabina
Es mediodía; y Dough-Boy, el mayordomo, asomando su pálida cara de pan de hogaza por la escotilla de la cámara, anuncia la cena —la comida del mediodía— a su señor y amo; el cual, sentado en el bote de babor de sotavento, acaba de tomar una altura del sol y ahora calcula en silencio la latitud sobre la lisa tablilla en forma de medallón, reservada para ese fin diario en la parte superior de su pierna de marfil.
Por su absoluta indiferencia ante la noticia, se diría que el taciturno Ahab no ha oído a su criado. Pero al momento, asiéndose de los obenques del mesana, se columpia hasta la cubierta y, con voz uniforme y sin entusiasmo, diciendo: «A comer, señor Starbuck», desaparece en la cámara.
Cuando el último eco del paso de su sultán se ha apagado, y Starbuck, el primer Emir, tiene sobrados motivos para suponer que este se encuentra sentado, Starbuck sale de su quietud, da unos cuantos paseos por la cubierta y, tras una solemne ojeada a la bitácora, dice con cierto tono de amabilidad: «A comer, señor Stubb», y baja por la escotilla.
El segundo Emir vaguea un rato por la arboladura y luego, sacudiendo levemente la driza mayor para comprobar que todo va bien con esa importante cuerda, retoma a su vez la vieja tarea y, con un rápido «A comer, señor Flask», sigue a sus predecesores.
Pero el tercer Emir, al verse ahora completamente solo en el alcázar, parece librarse de alguna extraña coacción; pues, lanzando guiños socarrones por doquier y sacándose los zapatos, se arranca con un