largo de su vida. Un hombre sereno y firme, cuya vida, en su mayor parte, era una elocuente pantomima de acción, y no un insípido capítulo de palabras.
Sin embargo, a pesar de su férrea sobriedad y fortaleza, había en él ciertas cualidades que a veces afectaban, y en ciertos casos parecían poco menos que contrarrestar, a todas las demás.
Inusualmente concienzudo para un marino, y dotado de una profunda reverencia natural, la agreste y acuática soledad de su vida lo inclinaba fuertemente hacia la superstición; pero hacia esa clase de superstición que, en ciertas naturalezas, parece brotar de algún modo más de la inteligencia que de la ignorancia.
Los presagios externos y las corazonadas íntimas eran suyos. Y si a veces estas cosas doblegaban el hierro forjado de su alma, mucho más lo hacían sus lejanos recuerdos familiares de su joven esposa del Cabo y de su hijo, tendiendo a inclinarlo aún más lejos de la aspereza original de su naturaleza, y a abrirlo aún más a aquellas influencias latentes que, en algunos hombres de corazón honesto, refrenan el torrente de audacia temeraria que tan a menudo manifiestan otros en las más peligrosas vicisitudes de la pesca.
—No tendré en mi bote a ningún hombre —dijo Starbuck— que no le tema a una ballena.
Con esto parecía dar a entender, no solo que el valor más fiable y útil es el que surge de una justa apreciación del peligro al que se enfrenta, sino que un hombre absolutamente intrépido es un compañero mucho más peligroso que un cobarde.
—Sí, sí —dijo Stubb, el segundo oficial—, Starbuck, ahí, es un hombre tan prudente como se puede encontrar en toda esta pesquería.