Quién sea, o haya sido, el pintor Garnery, no lo sé. Pero me juego la vida a que, o bien conocía su tema por experiencia práctica, o bien fue maravillosamente aleccionado por algún ballenero experto.
Los franceses son los muchachos indicados para pintar la acción. Id a contemplar todas las pinturas de Europa, y ¿dónde encontraréis una galería semejante de conmoción viva y palpitante sobre lienzo, como en esa sala triunfal de Versalles; donde el espectador se abre paso a trancas y barrancas a través de las grandes batallas sucesivas de Francia; donde cada espada parece un destello de la aurora boreal, y los sucesivos reyes y emperadores armados pasan a galope tendido como una carga de centauros coronados?
No del todo indignos de ocupar un lugar en esa galería son estos cuadros de batallas navales de Garnery.
La natural aptitud de los franceses para captar lo pintoresco de las cosas parece manifestarse de manera singular en las pinturas y grabados que tienen sobre sus escenas balleneras. Sin contar ni con la décima parte de la experiencia de Inglaterra en la pesca, ni con la milésima parte de la de los americanos, han logrado, sin embargo, proporcionar a ambas naciones los únicos bocetos acabados capaces de transmitir el verdadero espíritu de la caza de ballenas. Por lo general, los dibujantes de ballenas ingleses y americanos parecen conformarse plenamente con presentar el contorno mecánico de las cosas, como el perfil vacante de la ballena; el cual, en lo que respecta a la eficacia de lo pintoresco, equivale más o menos a esbozar el perfil de una pirámide. Incluso Scoresby, el justamente célebre ballenero de ballena franca, tras ofrecernos una rígida vista de cuerpo entero de la ballena de Groenlandia y tres o cuatro delicadas miniaturas de narvales y marsopas, nos regala