últimos de los diez, en entregarse; y asegurar así cualquier pequeña probabilidad de indulto que tal conducta pudiera merecer. Pero cuando Steelkilt manifestó su determinación de seguir conduciéndolos hasta el final, ellos de algún modo, mediante alguna sutil química de villanía, mezclaron sus hasta entonces secretas traiciones; y cuando su líder cayó en un sopor, le abrieron verbalmente sus almas el uno al otro en tres frases; y ataron al durmiente con cuerdas, y lo mordacearon con cuerdas; y a medianoche reclamaron a gritos al Capitán.
Creyendo que el asesinato era inminente, y olfateando la sangre en la oscuridad, él y todos sus camaradas armados y arponeros se precipitaron hacia el castillo de proa. En pocos minutos se abrió la escotilla, y, atado de pies y manos, el cabecilla, que aún forcejeaba, fue empujado hacia el aire por sus pérfidos aliados, quienes reclamaron de inmediato el honor de haber apresado a un hombre que estaba más que dispuesto al asesinato.
Pero todos ellos fueron apresados del cuello y arrastrados por la cubierta como ganado muerto; y, uno al lado del otro, fueron colgados de la jarcia de mesana, como tres cuartos de carne, y allí colgaron hasta la mañana.
«¡Malditos seáis —gritó el capitán, paseándose de un lado a otro frente a ellos—, ni los buitres los tocarían, villanos!».
Al salir el sol convocó a toda la tripulación; y separando a los que se habían amotinado de los que no habían tomado parte en el motín, les dijo a los primeros que tenía muchas ganas de azotarlos a todos por igual —pensándolo bien, lo haría— debía hacerlo —la justicia lo exigía—; pero por el momento, considerando su oportuna rendición, los dejaría ir con una reprimenda, la cual les propinó en consecuencia en lengua vernácula.