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XLVI. Conjeturas

Tampoco Ahab se olvidaba de otra cosa.

En los momentos de fuerte emoción la humanidad desdeña toda consideración mezquina; pero tales momentos son efímeros. La condición constitucional permanente del hombre manufacturado, pensaba Ahab, es la sordidez.

Aceptando que la Ballena Blanca encienda por completo los corazones de esta mi tripulación de salvajes, y que el juego en torno a su salvajismo engendre incluso en ellos cierta generosa andanza caballeresca, aún así, al tiempo que por amor a ello persiguen a Moby Dick, también deben tener alimento para sus apetitos más comunes y cotidianos.

Pues ni siquiera los encumbrados y caballerescos cruzados de antaño se contentaron con atravesar dos mil millas de tierra para luchar por su santo sepulcro, sin cometer robos, arrebatos y obtener otras piadosas prebendas por el camino. De habérseles exigido estrictamente su único y romántico objetivo —ese único y romántico objetivo—, muchos se habrían apartado de él con asco.

No despojaré a estos hombres, pensaba Ahab, de toda esperanza de dinero contante y sonante —sí, dinero—. Puede que ahora desdeñen el dinero; pero que pasen unos meses, sin ninguna perspectiva ni promesa de este para ellos, y entonces este mismo y aquietado dinero amotinándose de repente en su interior, este mismo dinero pronto destituiría a Ahab.

Tampoco faltaba aún otro motivo de precaución más relacionado personalmente con Ahab. Habiendo revelado impulsivamente, es probable, y tal vez de manera algo prematura, el propósito principal pero privado del viaje del Pequod, Ahab

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