puede durar para siempre, gracias a Dios, y su Ramadán solo llega una vez al año; y no creo que sea muy puntual entonces.
Bajé a cenar. Después de estar un buen rato escuchando las largas historias de unos marineros que acababan de regresar de un viaje de plum-pudding, como lo llamaban (es decir, un viaje ballenero corto en una goleta o bergantín, limitado al norte de la línea equinoccial, únicamente en el océano Atlántico); después de escuchar a estos comedores de plum-pudding hasta casi las once, subí a la habitación para acostarme, sintiéndome ya muy seguro de que para entonces Queequeg sin falta habría dado por terminado su Ramadán.
Pero no; allí estaba, justo donde lo había dejado; no se había movido ni un centímetro. Empecé a irritarme con él; me parecía de una sensatez y una locura tan redomadas estar sentado allí todo el día y media noche sobre sus talones en una habitación fría, sosteniendo un pedazo de madera sobre la cabeza.