absoluto, sobre todo porque otra corriente procedente de la puerta destartalada se cruzaba con la de la ventana, y ambas juntas formaban una serie de pequeños torbellinos en las inmediaciones del lugar donde había pensado pasar la noche.
¡Que al diablo se lleve a ese arponero!, pensé, pero un momento, ¿no podría ganarle la mano?, ¿cerrojar su puerta por dentro y meterme en su cama, para no despertarme ni con los golpes más violentos? No parecía una mala idea; pero, pensándolo bien, la deseché. ¡Pues quién iba a decirle a uno que a la mañana siguiente, tan pronto como asomara la cabeza fuera del cuarto, el arponero no iba a estar allí en el pasillo, listo para derribarme de un golpe!
Aun así, volviendo a mirar a mi alrededor y al no ver ninguna posibilidad de pasar una noche tolerable a menos que fuera en la cama de otra persona, empecé a pensar que, después de todo, tal vez estuviera alimentando prejuicios injustificados contra este arponero desconocido. Me dije: esperaré un rato; no tardará en aparecer. Ya lo examinaré bien entonces y tal vez, al fin y al cabo, nos llevemos de maravilla como compañeros de cama; nunca se sabe.