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VI. La Calle

Id y contemplad los arpones de hierro conmemorativos que rodean aquella excelsa mansión, y vuestra pregunta quedará respondida.

Sí; todas estas valientes casas y floridos jardines provinieron de los océanos Atlántico, Pacífico e Índico. Una y todos fueron arponados y arrastrados hasta aquí desde el fondo del mar.

¿Puede el Herr Alexander realizar una proeza semejante?

En New Bedford, según dicen, los padres les dan ballenas como dote a sus hijas, y a sus sobrinas las agasajan con unas cuantas marsopas a cada una. Hay que ir a New Bedford para presenciar una boda deslumbrante; pues, según dicen, hay reservas de aceite en todas las casas y cada noche queman imprudentemente sus varas en velas de esperma.

En verano, es hermoso ver el pueblo; lleno de magníficos arces: largas alamedas de verde y oro. Y en agosto, en lo alto, los hermosos y generosos castaños de Indias ofrecen al transeúnte, a modo de palmatorias, sus cónicos y verticales racimos de flores agrupadas. Tan omnipotente es el arte, que en muchos barrios de New Bedford ha superpuesto brillantes terrazas de flores sobre las estériles rocas de desecho arrojadas a un lado en el día postrero de la creación.

Y las mujeres de New Bedford, florecen como sus propias rosas rojas. Pero las rosas solo florecen en verano; mientras que el fino clavel de sus mejillas es perenne como la luz del sol en el séptimo cielo.

En otra parte igualar ese fulgor suyo, no podéis, salvo en Salem, donde me dicen que las muchachas respiran tal almizcle, que sus novios marineros las huelen a millas de la costa, como si se estuvieran acercando a las olorosas Molucas en vez de a las arenas puritanas.

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