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CXXXIV

Luego, mientras los hombres avanzaban, siguió murmurando: > “¡Las llamadas señales! ¡Y ayer hablé de lo mismo con Starbuck, a propósito de mi ballenera rota. ¡Oh, con qué valor procuro arrancar del corazón ajeno lo que tan fuertemente está clavado en el mío!⁠—El parsi⁠—el parsi⁠—, ¿se ha ido, se ha ido? ¡Y él debía irse antes⁠—pero aún había de ser visto de nuevo antes de que yo pudiera perecer⁠—! ¿Cómo es eso?⁠—He aquí un enigma que desconcertaría a todos los abogados respaldados por los fantasmas de toda la serie de jueces⁠—; como el pico de un gavilán me picotea el cerebro. ¡Lo⁠—lo resolveré, sin

Cuando cayó el anochecer, la ballena aún se divisaba a sotavento.

Así que una vez más se redujo el velamen, y todo transcurrió casi igual que la noche anterior; solo que el sonido de los martillos y el zumbido de la piedra de afilar se dejaron oír hasta casi el amanecer, mientras los hombres trabajaban a la luz de los faroles en el aparejo minucioso y completo de los botes de reserva y afilaban sus nuevas armas para el día siguiente.

Mientras tanto, con la quilla rota de la embarcación naufragada de Ahab, el carpintero le hizo otra pierna; mientras aún, como la noche anterior, el agachado Ahab permanecía inmóvil dentro de su tambucho; con su mirada oculta y heliotrópica adelantada en su cuadrante hacia el pasado; fija exactamente hacia el este en busca del primer sol.

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