Fácil es imaginar el hedor nauseabundo que semejante masa debe exhalar; peor que una ciudad asiria en época de peste, cuando los vivos son incapaces de enterrar a los difuntos. Tan intolerable de hecho lo consideran algunos, que ninguna codicia podría persuadirlos de amarrarse junto a ella. Sin embargo, hay quienes aún lo hacen; a pesar de que el aceite obtenido de tales ejemplares es de una calidad muy inferior, y nada tiene de esencia de rosas.
Acercándonos aún más con la brisa moribunda, vimos que el francés llevaba una segunda ballena al costado; y este segundo cetáceo parecía aún más un ramillete que el primero. En verdad, resultó ser una de esas ballenas problemáticas que parecen secarse y morir con una especie de prodigiosa dispepsia o indigestión; dejando sus cuerpos difuntos casi totalmente arruinados de cualquier cosa parecida al aceite.
Sin embargo, en el momento oportuno veremos que ningún pescador entendido desdeñará jamás una ballena como esta, por mucho que evite a las ballenas apestadas en general.
El Pequod se habíase ya deslizado tan cerca del extraño, que Stubb juró haber reconocido el asta de su espátula de desollo enredada en los cabos que estaban anudados alrededor de la cola de una de aquellas ballenas.
—¡Ahí va un tipo apuesto —se rio con burla, de pie en la proa del barco—, ahí tenéis a un chacal! Bien sé que estos Crappoes de franceses no son más que pobres diablos en la pesca; que a veces arrian sus botes para ir a por rompientes, confundiéndolas con los surtidores del Cachalote; sí, y que a veces zarpan de su puerto con la bodega llena de cajas de velas de sebo y estuches de apagavelas, previendo que todo el aceite que consigan no bastará ni para empapar la mecha del capitán; ¡vaya, todos sabemos estas cosas!; pero mirad, ahí tenéis a un Crappo que se conforma con nuestras obras de sobra, el ballenón ese drogado, digo; sí, y se conforma también con raspar los huesos secos de ese otro precioso pez que tiene ahí.