Carretilla
A la mañana siguiente, lunes, tras venderle la cabeza embalsamada a un barbero para que la usara de soporte, saldé la cuenta de mi camarada y la mía; usando, sin embargo, el dinero de mi camarada. El sonriente dueño del local, así como los huéspedes, parecían divertirse muchísimo con la repentina amistad que había surgido entre Queequeg y yo, sobre todo porque los absurdos cuentos de Peter Coffin sobre él me habían aterrorizado tanto antes con respecto a la misma persona con la que ahora hacía migas.
Pedimos prestada una carretilla y, embarcando nuestras cosas, incluyendo mi pobre bolsa de viaje y el costal de lona y la hamaca de Queequeg, nos fuimos hacia el Moss, la pequeña goleta paquebote de Nantucket amarrada en el muelle. Mientras íbamos por el camino, la gente se quedaba mirando; no tanto a Queequeg —pues estaban acostumbrados a ver caníbales como él por sus calles—, sino por vernos a él y a mí en términos tan confidenciales. Pero no les hicimos caso, yendo por el camino empujando la carretilla por turno, y deteniéndose Queequeg de vez en cuando para ajustar la funda en los barbascos de su arpón. Le pregunté por qué llevaba una cosa tan molesta consigo a tierra, y si todos los barcos balleneros no proveían sus propios arpones. A esto, en esencia, respondió que, aunque lo que yo insinuaba era muy cierto, él tenía un afecto particular por su propio arpón, porque era de material seguro, bien probado en más de un combate mortal y profundamente íntimo con los corazones de las ballenas. En resumen, como muchos segadores y cortadores del interior, que van a los prados de los granjeros armados con sus propias guadañas —aunque de ningún modo están obligados a proveerlas—, así también Queequeg, por sus propias razones privadas, prefería su propio arpón.