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XXXIV. La mesa del camarote

inclinan más bien a opinar que por derecho propio la cámara del barco les pertenece; y que es solo por cortesía que a cualquier otro se le permite estar allí en algún momento. De modo que, a decir verdad, de los oficiales y arponeros del Pequod cabía decir con más propiedad que vivían fuera de la cámara que dentro de ella. Pues cuando entraban en ella, era algo así como una puerta de calle entra en una casa; abriéndose hacia adentro por un momento, solo para ser echados hacia afuera al siguiente; y, como algo permanente, residiendo al aire libre. Y tampoco perdían gran cosa con esto; en la cámara no había compañía; en el plano social, Ahab era inaccesible. Aunque nominalmente incluido en el censo de la cristiandad, seguía siendo un extraño para ella. Vivía en el mundo como el último de los osos grises vivía en el Misuri colonizado. > Y así como cuando la primavera y el verano se habían ido, aquel salvaje Logan de los bosques, enterrándose en el hueco de un árbol, pasaba allí el invierno, chupándose sus propias patas; ¡así, en su inclemente y aullante vejez, el alma de Ahab, encerrada en el tronco cavernoso de su cuerpo, se alimentaba allí de las morosas patas de su

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