que lo izaran hasta su atalaya, siendo Starbuck quien finalmente aseguró el cabo; y después se quedó cerca de él. Y así, con una mano aferrada al mástil de juanete, Ahab contempló el mar a lo largo de millas y millas —proa, popa, a este lado y a aquel— dentro del amplio y extendido círculo abarcado desde tan gran altura.
Cuando trabaja con las manos en algún lugar elevado y casi aislado de la arboladura, que por casualidad no ofrece dónde apoyar los pies, el marinero en alta mar es izado hasta ese punto y sostenido allí por un cabo; en tales circunstancias, el extremo amarrado en cubierta se encomienda siempre estrictamente a un solo hombre que tiene la vigilancia especial del mismo. Pues en semejante laberinto de cabos de labor, cuyas diversas y variadas relaciones en lo alto no siempre pueden distinguirse infaliblemente por lo que de ellos se ve desde la cubierta; y cuando los extremos de estos cabos en cubierta son soltados de sus amarras cada pocos minutos, sería una fatalidad de lo más natural que, de no contar con un vigía constante, el marinero izado fuera soltado por algún descuido de la tripulación y cayera en picada al mar. Así pues, los procedimientos de Ahab en este asunto no eran inusuales; lo único extraño en ellos parecía ser que Starbuck, casi el único hombre que jamás se hablara atrevido a oponersele con algo que se acercara lo más mínimo a la determinación —uno de aquellos también cuya fidelidad en la tarea de vigía él había parecido poner un tanto en duda—; resultaba extraño que este fuera precisamente el hombre que él eligiera como su vigía, entregando libremente su propia vida en las manos de una persona por lo demás tan desconfiada.