negruzcas; así también, a menudo, le ocurre a quien por primera vez contempla esta especie de los leviatanes del mar. Y aun cuando al fin se les reconoce, su inmensa magnitud hace que resulte muy difícil creer realmente que unas masas tan voluminosas y desmedidas puedan estar poseídas, en todas sus partes, por la misma clase de vida que anima a un perro o a un caballo.
Por cierto, en otros aspectos, difícilmente podéis mirar a las criaturas de las profundidades con los mismos sentimientos que a las de la costa.
Pues aunque algunos viejos naturalistas han sostenido que todas las criaturas de la tierra tienen sus equivalentes en el mar; y aunque, adoptando una visión amplia y general del asunto, esto puede ser muy bien así; sin embargo, al entrar en particularidades, por ejemplo, ¿dónde ofrece el océano algún pez que por su disposición corresponda a la sagaz bondad del perro? Tan solo del maldito tiburón puede decirse que guarda, en algún sentido genérico, una analogía comparativa con él.
Pero aunque, para los hombres de tierra en general, los habitantes nativos de los mares siempre han sido considerados con emociones indescriptiblemente hurañas y repelentes; > aunque sabemos que el mar es una terra incognita eterna, de modo que Colón navegó sobre innumerables mundos desconocidos para descubrir su único mundo occidental superficial; * aunque, por mucho, los más terroríficos de todos los desastres mortales se han abatido inmemorial e indiscriminadamente sobre decenas y cientos de miles de aquellos que se han adentrado en las aguas; * aunque un momento de reflexión enseñe que, por mucho que el hombre achicado presuma de su ciencia y habilidad,