El mosquete aún sin nivelar temblaba como el brazo de un borracho contra el panel; Starbuck parecía luchar con un ángel; pero, apartándose de la puerta, colocó el tubo de la muerte en su horquilla y abandonó el lugar.
“Está demasiado dormido, señor Stubb; baja tú, despiértale y dile que tengo que atender la cubierta. Ya sabes qué decir”.