como en el caso de Perseo, la ballena de San Jorge pudo haber salido del mar arrastrándose hasta la playa; y considerando que el animal montado por San Jorge pudo haber sido tan solo una foca grande, o un caballo marino; teniendo todo esto en cuenta, no parecerá del todo incompatible con la leyenda sagrada y los dibujos más antiguos de la escena, considerar a este llamado dragón ni más ni menos que al gran Leviatán en persona. De hecho, sometida a la estricta y penetrante verdad, a toda esta historia le irá como a aquel ídolo filisteo de pez, carne y ave, llamado Dagón; el cual, al ser colocado ante el arca de Israel, se le cayeron la cabeza de su caballo y ambas palmas de sus manos, y solo quedó de él el tronco o parte pisciforme. Así pues, uno de los de nuestra noble estampa, nada menos que un ballenero, es el guardián tutelar de Inglaterra; y con toda justicia, los arponeros de Nantucket deberíamos ser alistados en la nobilísima orden de San Jorge. Y por lo tanto, que los caballeros de esa honorable compañía (ninguno de los cuales, me atrevo a decir, se ha visto jamás las caras con una ballena como su gran patrono), que jamás miren a un natucketense con desdén, ya que incluso con nuestras blusas de lana y nuestros pantalones embreados tenemos mucho más derecho a la condecoración de San Jorge que ellos.
Si admitir a Hércules entre nosotros o no, acerca de esto dudé mucho tiempo: pues aunque según las mitologías griegas, ese antiguo Crockett y Kit Carson —ese forzudo hacedor de alegres buenas acciones— fue tragado y devuelto por una ballena; aun así, si eso lo convierte estrictamente en un ballenero, es algo que podría discutirse. En ninguna parte consta que alguna vez haya arponeado realmente a su pez, a menos que, en verdad, haya sido desde adentro. Sin embargo, se le puede considerar una especie de ballenero involuntario; en cualquier caso, la ballena lo atrapó a él, si es que él no atrapó a la ballena. Lo reclamo como uno de nuestro clan.