conmigo—, esa es la voluntad de Dios. Ahora bien, Queequeg es mi prójimo. ¿Y qué desearía yo que este Queequeg hiciese conmigo? Pues bien, que se uniera a mí en mi particular forma presbiteriana de culto. En consecuencia, debo entonces unirme yo a él en la suya; luego, debo convertirme en idólatra. Así que encendí las virutas; ayudé a sostener al inocente ídolillo; le ofrecí bizcocho quemado junto con Queequeg; hice zalemas ante él dos o tres veces; le besé la nariz; y, hecho esto, nos desnudamos y nos fuimos a la cama, en paz con nuestra propia conciencia y con todo el mundo. Pero no nos fuimos a dormir sin charlar un poco.
No sé cómo es; pero no hay lugar como la cama para las confidencias entre amigos. El marido y la mujer, según dicen, se abren allí el fondo mismo del alma el uno al otro; y algunas parejas ancianas a menudo yacen charlando sobre viejos tiempos hasta casi el amanecer. Así, pues, en la luna de miel de nuestros corazones, yacíamos Queequeg y yo: una pareja acogedora y cariñosa.