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LIV. La historia del *Town-Ho*

“Pero no había ninguno en el castillo de proa.

—«Entonces tendré que conseguir un poco del viejo Rad»; y se levantó para ir hacia la popa.

—«¡No querrá usted ir a mendigarle a él!», dijo un marinero.

—«¿Por qué no? ¿Crees que no me hará un favor, cuando a la larga es para ayudarse a sí mismo, compañero?», y yéndose hacia el segundo, lo miró tranquilamente y le pidió un poco de cordel para arreglar su hamaca. Se lo dieron; ni el cordel ni el cabo volvieron a verse; pero a la noche siguiente una bola de hierro, primorosamente enredada, asomó medio devota del bolsillo de la casaca marinera del hombre del lago, mientras este metía el abrigo en su hamaca a guisa de almohada. Veinticuatro horas después, su turno en la silenciosa caña del timón —cerca del hombre propenso a dormirse sobre la tumba siempre cavada de antemano a la mano del marino—, esa hora fatal estaba por llegar; y en el alma preordenadora de Steelkilt, el segundo ya estaba yerto y estirado como un cadáver, con el cráneo hundido.

—Pero, señores, un necio salvó al aspirante a asesino de la sangrienta acción que había planeado. Sin embargo, obtuvo su venganza completa, y sin ser él el vengador. Pues por una misteriosa fatalidad, el Cielo mismo pareció intervenir para arrebatar de sus manos y tomar en las propias la condenable obra que él habría hecho.

—Era justo entre el alba y la salida del sol de la mañana del segundo día, cuando estaban lavando las cubiertas, que un estúpido hombre de Tenerife, sacando agua en las cadenas mayores, de repente gritó: «¡Allí rueda! ¡allí rueda!». ¡Jesú, qué ballena! Era Moby Dick.

—«¡Moby Dick! —exclamó Don Sebastián—; ¡Santo Domingo! Señor marinero, pero ¿acaso las ballenas tienen bautizos? ¿A quién llaman Moby Dick?»

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