insulte a ninguna otra persona porque esa otra persona tampoco cree en ella. Pero cuando la religión de un hombre se vuelve realmente frenética; cuando le resulta un tormento positivo y, en suma, hace de esta nuestra tierra una posada incómoda en la cual hospedarse; entonces creo que ya es hora de tomar a ese individuo aparte y discutir el asunto con él.
Y eso mismo hice ahora con Queequeg.
—Queequeg —le dije—, métete en la cama ahora mismo, acuéstate y escúchame.
Luego procedí, empezando por el origen y el desarrollo de las religiones primitivas, y llegando hasta las diversas religiones de la actualidad, tiempo durante el cual me esforcé por demostrarle a Queequeg que todos esos Cuaresmas, Ramadanes y prolongadas sentadillas en cuclillas en habitaciones frías y desabrigadas eran pura tontería; malos para la salud; inútiles para el alma; opuestos, en resumen, a las obvias leyes de la higiene y del sentido común.
Le dije también que, siendo él en otros aspectos un salvaje tan sumamente sensato y sagaz, me dolía, me dolía muchísimo, verle ahora tan lamentablemente necio con respecto a ese ridículo Ramadán suyo.
Además —argumentaba yo—, el ayuno hace que el cuerpo se hunda; por lo tanto, el espíritu se hunde; y todos los pensamientos nacidos de un ayuno deben ser necesariamente medio muertos de hambre. Esta es la razón por la mayoría de los religiosos dispépticos albergan ideas tan melancólicas sobre su más allá.
En una palabra, Queequeg —le dije, divagando un poco—, el infierno es una idea nacida por primera vez de una empanadilla de manzana sin digerir; y desde entonces perpetuada a través de las dispepsias hereditarias alimentadas por los Ramadanes.