—Porque es peligroso —dijo ella—. Desde que el joven Stiggs, al volver de aquel desafortunado viaje suyo en el que estuvo ausente cuatro años y medio, con solo tres barriles de aceite, apareció muerto en la trasera del primer piso, con el arpón clavado en el costado; desde entonces no permito que ningún huésped suba tan peligrosas armas a sus habitaciones por la noche. Así que, señor Queequeg (pues ya había aprendido su nombre), me llevaré este hierro de aquí y se lo guardaré hasta la mañana. Pero el SSECOchowderSECO*; ¿almeja o bacalao mañana para desayunar, muchachos?
—Los dos —digo—; y que nos traigan un par de arenques ahumados para variar.