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LXXI

que el Jeroboam llevaba a bordo una epidemia maligna y que Mayhew, su capitán, temía contagiar a la tripulación del Pequod. Pues, aunque él mismo y la tripulación del bote se mantenían indemnes, y aunque su nave se hallaba a medio tiro de rifle, con un mar y un aire incorruptibles rodando y fluyendo de por medio; aun así, adhiriéndose concienzudamente a la tímida cuarentena de tierra firme, se negaba rotundamente a entrar en contacto directo con el Pequod.

Pero esto no impidió en absoluto toda comunicación. Conservando un intervalo de unas pocas yardas entre ella y el barco, el bote del Jeroboam, mediante el uso ocasional de sus remos, se ingeniaba para marchar en paralelo al Pequod, mientras este avanzaba pesadamente por el mar (pues a estas alturas soplaba con mucha fuerza), con la gavia principal en facha; aunque, en verdad, a veces, por el embate repentino de una gran ola rodante, el bote era empujado un tanto hacia adelante, pero pronto volvía a ser llevado con destreza a su rumbo adecuado.

A sujeta a esta y otras semejantes interrupciones de vez en cuando, se mantuvo una conversación entre las dos partes; pero a intervalos, no sin todavía otra interrupción de muy diferente índole.

Averiado a un remo en el bote del Jeroboam iba un hombre de aspecto singular, aun en aquella indómita vida ballenera en la que las excentricidades individuales componen el todo.

Era un hombre bajito, rechoncho, más bien joven, con la cara salpicada de pecas y una abundante cabellera rubia. Lo envolvía una levita de faldones largos y corte cabalístico, de un tinte a nuez descolorida, cuyas mangas superpuestas llevaba remangadas sobre las muñecas. En sus ojos brillaba un delirio profundo, arraigado y fanático.

Apenas esta figura había sido avistada por primera vez, Stubb había exclamado: «¡Es él! ¡Es él!, ¡el fanfarrón de ropajes largos del que nos habló la tripulación del Town-Ho !».

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