mientras sonreía como un simio. Las virutas volaban a diestra y siniestra, hasta que al fin la cuchilla del cepillo chocó contra un nudo indestructible. Al mesonero poco le faltó para dislocarse la muñeca, y le rogué por el amor de Dios que parase—la cama era lo bastante blanda para mí, y no veía cómo cepillada del mundo entero podría convertir una tabla de pino en plumón de eider. Así pues, recogiendo las virutas con otra sonrisa y arrojándolas a la gran estufa del centro de la estancia, se fue a sus asuntos y me dejó sumido en profundos
Tomé entonces la medida del banco y hallé que era un pie demasiado corto, pero eso podía remediarse con una silla. Sin embargo, era un pie demasiado estrecho, y el otro banco de la habitación era unas cuatro pulgadas más alto que el cepillado, de modo que no había forma de unirlos. Coloqué entonces el primer banco a lo largo del único espacio libre contra la pared, dejando un pequeño intervalo en medio para que mi espalda encajara. Pero pronto descubrí que me llegaba tal corriente de aire frío desde debajo del alféizar de la ventana, que este plan no serviría en