Súbitos y repetidos relámpagos; las nueve llamas saltan longitudinalmente hasta alcanzar el triple de su altura anterior; Ahab, con el resto, cierra los ojos, con la mano derecha presionada con fuerza sobre ellos.
“Poseo tu mudez, tu poder sin lugar; ¿no lo dije acaso? Ni me fue arrancado; ni ahora dejo caer estos eslabones. Tú puedes cegar; pero yo sabré tantear a ciegas. Tú puedes consumir; pero yo podré entonces ser ceniza. Toma el homenaje de estos pobres ojos y manos-persiana. Yo no lo aceptaría.
El relámpago atraviesa mi cráneo; mis globos oculares duelen y duelen; todo mi cerebro golpeado parece decapitado y rodando sobre algún suelo ensordecedor. ¡Oh, oh! Aun con los ojos vendados, aun así te hablaré. Luz aunque seas, saltas de la oscuridad; ¡pero yo soy la oscuridad saltando de la luz, saltando de ti!
Cesan las jabalinas; ¿abro los ojos?; ¿veo, o no? ¡Allí arden las llamas! ¡Oh, magnánimo! ahora sí me glorío de mi genealogía. Pero tú no eres más que mi padre ardiente; a mi dulce madre, no la conozco. ¡Oh, cruel! ¿Qué has hecho con ella? Ahí radica mi enigma; pero el tuyo es mayor. Tú no sabes cómo viniste a ser, de ahí que te llames ingénito; ciertamente no conoces tu principio, de ahí que te llames sin comienzo.
Yo sé algo de mí que tú no sabes de ti, oh, omnipotente. Hay algo inconsumible más allá de ti, claro espíritu, para quien toda tu eternidad no es sino tiempo, toda tu creatividad algo mecánico. A través de ti, de tu flamígero ser, mis ojos achicharrados lo divisan vagamente. Oh, fuego expósito, ermitaño inmemorial, tú también tienes tu inescrutable enigma, tu dolor no compartido. Aquí de nuevo, con soberbia agonía, leo a mi progenitor.
¡Salta! ¡Salta y lame el cielo! Yo salto contigo; ardo contigo; quisiera fundirme contigo; ¡desafiante te adoro!”