“¡Oh, Starbuck! es un viento manso, manso, y un cielo de aspecto benigno. En un día así—con una dulzura muy parecida a esta—arponé mi primera ballena: ¡un muchacho arponero de dieciocho años! ¡Cuarenta—cuarenta—cuarenta años atrás!—¡atrás! ¡Cuarenta años de constante caza de ballenas! ¡cuarenta años de privaciones, y peligros, y tiempos de tempestad! ¡cuarenta años en el mar despiadado! ¡Durante cuarenta años ha abandonado Ahab la tierra pacífica, para hacer la guerra durante cuarenta años a los horrores de las profundidades! Sí y de veras, Starbuck, de esos cuarenta años no he pasado tres en tierra firme. Cuando Pienso en esta vida que he llevado; en la desolación de soledad que ha sido; la ciudad amurallada y tapiada de la exclusividad de un Capitán, que da muy poca entrada a cualquier compasión del verde campo de afuera—¡oh, hastío! ¡pesadumbre! ¡esclavitud de costa de Guinea del mando solitario!—cuando pienso en todo esto; apenas sospechado, no tan agudamente conocido por mí antes—¡y en cómo durante cuarenta años me he alimentado de bizcocho salado—adecuado emblema del seco sustento de mi alma!—cuando el más pobre de tierra adentro ha tenido fruta fresca al alcance de su mano cada día, y ha partido el pan fresco del mundo frente a mis mohosas cortezas—lejos, a océanos enteros de distancia, de aquella jovencita esposa con la que me casé pasada la cincuentena, y zarpé hacia el cabo de Hornos al día siguiente, dejando una sola muesca en mi almohada nupcial—¿esposa? ¿esposa?—¡más bien una viuda con su esposo vivo! Sí, yo viudé a esa pobre muchacha cuando me casé con ella, Starbuck; y luego, la locura, el frenesí, la sangre hirviente y la frente humeante, con las que, durante mil arriadas de botes, el viejo Ahab ha perseguido furiosa y espumeantemente a su presa—¡más demonio que hombre!—¡sí, sí! ¡qué tonto de cuarenta años—tonto—viejo tonto, ha sido el viejo Ahab! ¿A qué esta lucha de la persecución? ¿para qué fatigar y paralizar el brazo en el remo, y en el hierro, y en la lanza? ¿en qué es más rico o mejor Ahab ahora? Mira. ¡Oh, Starbuck! ¿no es cruel que, con esta carga fatigosa que soporto, una pobre pierna me haya sido arrancada de debajo? Aquí,
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