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CXXXV

flanco cercano contra la proa y, sin abrirle ninguna vía de agua, escoró la chalupa tan de repente que, de no ser por la parte elevada de la borda a la que entonces se aferraba, Ahab habría ido a parar una vez más al mar. Tal como sucedió, tres de los remeros —que no preveían el instante exacto del lanzamiento y, por tanto, no estaban preparados para sus efectos— salieron despedidos; pero cayeron de tal guisa que, en un instante, dos de ellos volvieron a asirse a la borda y, al elevarse a su nivel sobre una ola rompiente, se lanzaron de nuevo y de cuerpo entero hacia el interior; el tercer hombre cayó indefenso a la popa, aunque aún flotaba y nadaba.

Casi simultáneamente, con una poderosa voluntad de velocidad incalculada e instantánea, la Ballena Blanca se lanzó a través del mar turbulento.

Pero cuando Ahab le gritó al timonel que diera nuevas vueltas con la línea y la sujetara firmemente; y le ordenó a la tripulación que se girara en sus asientos y remolcara el bongo hasta el objetivo; ¡en el momento en que la traicionera línea sintió esa doble tensión y tirón, se partió en el aire vacío!

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