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LVIII

más poderosas, y las deja allí, lado a lado con los restos náufragos de las naves. No hay misericordia ni poder alguno, salvo el suyo propio, que lo domine. Jadeando y resoplando como un corcel de batalla enloquecido que ha perdido a su jinete, el océano indómito arrasa el globo.

Considerad la sutileza del mar; cómo sus criaturas más temidas se deslizan bajo el agua, casi siempre invisibles y ocultas traidoramente bajo los más bellos tonos de azur.

Considerad también el brillo diabólico y la belleza de muchas de sus especies más implacables, como la delicada y adornada forma de muchas variedades de tiburones.

Considerad, una vez más, el canibalismo universal del mar; todas cuyas criaturas se devoran unas a otras, librando una guerra eterna desde que el mundo comenzó.

Considera todo esto; y luego vuelve los ojos hacia esta tierra verde, apacible y de lo más dócil; considéralos a ambos, el mar y la tierra; ¿y no encuentras una extraña analogía con algo que hay en ti mismo?

Pues así como este terrible océano rodea la frondosa tierra, así en el alma del hombre yace un Tahití insular, lleno de paz y de alegría, pero cercado por todos los horrores de la vida a medias conocida.

¡Dios te guarde! ¡No te alejes de esa isla, pues jamás podrás regresar!

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