CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 259 de 874
Table of Contents

XXXV. La arboladura

  • El almirante Nelson, asimismo, sobre un cabrestante de bronce de cañón, hace de vigía en Trafalgar Square; y siempre que está más oculto por ese humo de Londres, aún se da señal de que hay un héroe oculto allí; pues donde hay humo, debe haber fuego. > Pero ni el gran Washington, ni Napoleón, ni Nelson responderán a un solo saludo desde abajo, por más que se les invoque con locura para que auxilien con sus consejos a las desconcertadas cubiertas que contemplan; por mucho que pueda suponerse que sus espíritus penetran la espesa bruma del futuro y avistan qué bancos de arena y qué rocas

Puede parecer injustificable asociar en algún sentido a los vigías de los mástiles de tierra con los del mar; pero que en verdad no es así, se evidencia claramente por un dato del que Obed Macy, el único historiador de Nantucket, es responsable.

El digno Obed nos cuenta que en los primeros tiempos de la pesca de ballenas, antes de que los barcos fueran botados regularmente en pos de la presa, los habitantes de esa isla erigieron altos maderos a lo largo de la costa, a los cuales los vigías ascendían por medio de listones clavados, algo así como las aves suben las escaleras en un gallinero.

Hace pocos años este mismo plan fue adoptado por los balleneros de la bahía de Nueva Zelanda, quienes, al divisar la presa, daban aviso a los botes ya tripulados cerca de la playa. Pero esta costumbre ha caído ya en desuso; volvámonos entonces al único mástil propiamente dicho, el de un ballenero en el mar.

Los tres masteleros se mantienen vigilados desde la salida hasta la puesta del sol; los marineros se turnan regularmente (como en el timón) y se relevan cada dos horas.

259