veces es como aquel viejo trilero, antaño paciente mío en Ceilán, que al hacer como que se tragaba navajas de muelle, en una ocasión dejó caer una dentro de él de verdad, y allí se quedó durante un año o más; hasta que le di un emético y la vomitó convertida en tachuelas, ¿ve usted? No hay manera posible de que digiera esa navaja y la incorpore plenamente a su sistema corporal general. Sí, capitán Boomer, si eres lo suficientemente rápido y se te antoja empeñar un brazo a cambio del privilegio de darle sepultura decente al otro, pues en ese caso el brazo es tuyo; solo dale otra oportunidad a la ballena dentro de poco, eso es todo.
—No, gracias, Bunger —dijo el capitán inglés—, bienvenido sea al brazo que le queda, ya que no puedo remediarlo y entonces no lo conocía, pero a otro no. ¡No más Ballenas Blancas para mí; ya he bajado los botes por él una vez, y eso me ha bastado! Habría mucha gloria en matarlo, lo sé bien, y lleva dentro un cargamento de esperma preciado; pero, escúcheme, es mejor dejarlo en paz; ¿no le parece, capitán? —dijo, mirando de reojo la pierna de marfil.
—Lo es. Pero aun así lo seguirán cazando. Lo que es mejor dejar en paz, esa maldita cosa no es siempre la que menos seduce. ¡Es todo un imán! ¿Cuánto hace que no lo ves? ¿Hacia dónde se dirige?
—¡Válgame Dios, y malaya sea la del inmundo demonio! —exclamó Bunger, dando vueltas en torno a Ahab con paso encorvado y, como un perro, husmeando extrañamente—; ¡la sangre de este hombre... traigan el termómetro!... ¡está al punto de ebullición!... ¡su pulso hace latir estas tablas!... ¡señor! —sacando una lanceta del bolsillo y acercándose al brazo de Ahab.
“¡Alto ahí!”, rugía Ahab, arrojándolo contra la borda: “¡Tripulen el bote! ¿En qué dirección vamos?”.
—¡Dios santo! —exclamó el capitán inglés, a quien se le había hecho la pregunta—. ¿Qué pasa? Iba hacia el este, creo. —¿Está loco su capitán? —le susurró a Fedallah.