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XXVIII. Ahab

A pesar de todo, las viejas tradiciones marineras, las credulidades inmemoriales, investían popularmente a este viejo manxmen con poderes sobrenaturales de discernimiento. De modo que ningún marinero blanco lo contradecía seriamente cuando decía que si alguna vez el capitán Ahab era acostado tranquilamente en su lecho de muerte —lo cual difícilmente llegaría a suceder, según murmuraba—, entonces, quienquiera que cumpliera con ese último oficio para con los difuntos, le encontraría una marca de nacimiento desde la coronilla hasta la planta de los pies.

Tan poderosamente me afectó el aspecto sombrío de Ahab en su conjunto, y la marca lívida que lo surcaba, que durante los primeros instantes apenas reparé en que no poca de esta altanera severidad se debía a la bárbara pierna blanca sobre la que en parte se apoyaba.

Me había enterado con anterioridad de que esta pierna de marfil había sido esculpida en alta mar a partir del hueso pulido de la mandíbula del cachalote.

«Sí, se quedó sin palo frente al Japón —dijo en una ocasión el viejo indio de Gay-Head—; pero al igual que su nave desarbolada, se armó con otro mástil sin necesidad de volver a casa. Tiene todo un carcaj de ellos».

Me llamó la atención la postura singular que mantenía. A cada lado del alcázar del Pequod, y muy cerca de los obenques del mesana, había un agujero de barrena, taladrado de una media pulgada más o menos en el tablón. Con su pierna de hueso firme en ese agujero; un brazo en alto, aferrado a un obenque; el capitán Ahab permanecía erguido, mirando fijamente más allá de la proa siempre cabeceante del barco. Había una infinidad de la más firme fortaleza, una obstinación decidida e indoblando, en la fija, intrépida y frontal entrega de aquella mirada. No

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