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CXII

y el viejo sin hogar y sin familia se aleja tambaleándose como un vagabundo enlutado; cada una de sus penas sin respeto alguno; ¡su cabeza gris convertida en escarnio para los rizos de lino!

La muerte parece el único desenlace deseable para una carrera como esta; pero la muerte es tan solo un lanzamiento hacia la región de lo extraño No Intentado; no es más que el primer saludo a las posibilidades del inmenso Remoto, lo Salvaje, lo Acuoso, lo Desamparado; por consiguiente, ante los ojos con anhelo de muerte de tales hombres, a quienes aún les quedan algunos remordimientos internos contra el suicidio, despliega seductoramente el océano —que todo lo aporta y todo lo acoge— su entera llanura de terrores imaginables y cautivadores, y maravillosas aventuras de nueva vida; y desde los corazones de infinitos Pacíficos, las mil sirenas les cantan: «Venid acá, corazones rotos; aquí hay otra vida sin la culpa de la muerte intermedia; aquí hay maravillas sobrenaturales, sin morir por ellas. ¡Venid acá! Entiérrate en una vida que, para tu mundo terrestre, ahora igualmente aborrecido y aborrecedor, es más esquiva que la muerte. ¡Venid acá! ¡Erige también tu lápida dentro del camposanto, y ven acá, hasta que nos casemos contigo!».

Escuchando estas voces, de Oriente y Occidente, al alba y al caer la tarde, el alma del herrero respondió: ¡Sí, voy! Y así Perth se fue a cazar ballenas.

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