también muy amable y caritativa. Me quedé mirándolo un momento. A pesar de todos sus tatuajes, era, en conjunto, un caníbal limpio y de buen parecer. ¿A qué viene todo este alboroto que he estado armando?, pensé para mis adentros; el hombre es un ser humano igual que yo: tiene tantas razones para temerme como yo para tenerle miedo. Más vale dormir con un caníbal sobrio que con un cristiano borracho.
—Casero —dije—, dígale que guarde esa hachuela por ahí, o pipa, o como diablos lo llame; dígale que deje de fumar, en una palabra, y me acostaré con él. Pero no me hace gracia tener a un hombre fumando en la cama conmigo. Es peligroso. Además, no estoy asegurado.
Dicho esto a Queequeg, accedió al instante, y de nuevo me indicó amablemente que me metiera en la cama, rodando hacia un lado tanto como para decir: «No te tocaré ni un pelo».
—Buenas noches, patrón —dije—, ya puede irse.
Me acosté, y jamás en la vida he dormido mejor.