Son mañas de vieja andar encargando trabajos de remiendos. ¡Señor! Qué debilidad tienen todas las viejas por los caldereros. Conozco a una vieja de sesenta y cinco años que una vez se fugó con un calderero joven y calvo. Y esa es la razón por la que jamás quise trabajar para mujeres solas y viudas en tierra, cuando tenía mi taller en el Vineyard; se les podría haber metido en la solitaria mollera la idea de fugarse conmigo. Pero ¡suspiro!, en el mar no hay cofias sino cumbres nevadas. A ver. Clavar la tapa; calafatear las costuras; embreadlas bien; asegurarlas firmemente con listones, y colgarlo con el mosquetón de resorte en la popa del buque. ¿Se habían visto jamás tales cosas con un ataúd? Algunos carpinteros supersticiosos, ahora, se harían atar al aparejo antes de hacer el trabajo. Pero yo estoy hecho de abeto nudoso de Aroostook; yo no me muevo. ¡Atado con cincha de ataúd! ¡Navegando por ahí con una bandeja de cementerio! Pero no importa. Los que trabajamos la madera hacemos lechos nupciales y mesas de juego, lo mismo que ataúdes y carrozas fúnebres. Trabajamos por meses, o por tarea, o por ganancia; no nos corresponde a nosotros preguntar el porqué y el para qué de nuestro trabajo, a menos que sea demasiado condenadamente chapucero, y entonces lo dejamos si podemos. ¡Ejecutemos! Haré el trabajo ahora, con cuidado. Tendré —a ver—, ¿cuántos hay en la tripulación, en total? Pero se me ha olvidado. Como sea, tendré treinta salvavidas separados con nudos de cabeza de turco, cada uno de tres pies de largo, colgando alrededor del ataúd. Entonces, si el casco se va a pique, habrá treinta muchachos vivaces peleándose todos por un ataúd, ¡un espectáculo no muy frecuente bajo el sol! ¡Venid, martillo, hierro de calafatear, tarro de brea y punzón! Manos a la obra.”
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