Envuelta en un fino y caído velo de neblina, quedó suspendida un instante en el aire tornasolado; y luego cayó desplomándose de nuevo en lo profundo. Impulsadas treinta pies hacia arriba, las aguas centellearon por un instante como montones de fuentes, para luego hundirse destrozadas en una lluvia de escamas, dejando la superficie en círculos, espumosa como leche fresca en torno al tronco de mármol de la ballena.
“¡Abran paso!”, gritó Ahab a los remeros, y los botes se lanzaron hacia adelante para el ataque; pero enloquecido por los hierros frescos del día anterior que le corroían, Moby Dick parecía poseído conjuntamente por todos los ángeles que cayeron del cielo.
Las anchas hileras de tendones soldados que cubrían su amplia frente blanca, bajo la piel transparente, parecían entrelazadas; mientras venía de frente, batiendo su cola entre los botes y una vez más dispersándolos a golpes; arrojando los hierros y las lanzas de los botes de los dos oficiales, y destrozando un lado de la parte superior de sus proas, pero dejando el de Ahab casi sin un rasguño.
Mientras Daggoo y Queequeg tapaban los tablones crujientes; y mientras la ballena, alejándose de ellos nadando, giraba y mostraba un flanco entero al pasar disparada de nuevo a su lado; en ese momento se oyó un grito rápido.
Atado con mil vueltas a lomo del pez; inmovilizado entre las innumerables vueltas con que, durante la noche pasada, la ballena había enrollado en torno suyo las espirales de los cabos, se veía el cuerpo medio destrozado del parsi; sus vestiduras oscuras reducidas a jirones; sus ojos desorbitados fijos por completo en el viejo Ahab.
El arpon se le cayó de las manos.