Es verdad, pero los balleneros mismos son unos pobres diablos; no tienen buena sangre en las venas.
¿Que no corre buena sangre por sus venas? Tienen algo mejor que sangre real. La abuela de Benjamín Franklin fue Mary Morrel; más tarde, por matrimonio, Mary Folger, una de las primeras pobladoras de Nantucket, y antepasada de una larga serie de Folger y de arponeros —todos parientes y allegados del noble Benjamín— que hoy día arrojan el hierro barbado de un extremo a otro del mundo.
Bien de nuevo; pero aun así todos admiten que de algún modo la pesca de ballenas no es respetable.
¿Que la caza de ballenas no es respetable? ¡La caza de ballenas es imperial! Según la antigua ley estatutaria inglesa, la ballena es declarada «un pez real».
¡Oh, eso es solo nominal! La ballena misma jamás ha figurado de ninguna manera grandiosa e imponente.
¿Que la ballena nunca descolló de manera grandiosa e imponente?
En uno de los grandes triunfos concedidos a un general romano en su entrada a la capital del mundo, los huesos de una ballena, traídos desde la costa siria, fueron el objeto más conspicuo en la procesión de címbalos.
Concedido, ya que lo citas; pero, digas lo que dijeres, no hay verdadera dignidad en la pesca de ballenas.
¿Que no hay dignidad en la caza de ballenas? La dignidad de nuestra vocación la atestiguan los mismos cielos. ¡Cetus es una constelación del Sur! ¡No hablemos más! ¡Calaos el sombrero en presencia del Zar y quitáoslo ante Queequeg! ¡No hablemos más!