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XVI. El Barco

Por un momento me quedé un tanto desconcertado por aquella extraña petición, sin saber exactamente cómo interpretarla, si en broma o en serio. Pero concentrando todas sus patas de gallo en un solo ceño fruncido, el capitán Peleg me mandó a hacer el recado.

Avanzando y mirando por la amura de babor, percibí que el barco, oscilando sobre su ancla con la marea entrante, apuntaba ahora oblicuamente hacia el océano abierto.

El panorama era ilimitado, pero sumamente monótono y desolador; ni la más mínima variedad que pudiera ver.

“Bueno, ¿cuál es el informe?”, dijo Peleg cuando regresé; “¿qué viste?”.

“No mucho —respondí—; nada más que agua; bastante horizonte eso sí, y creo que se avecina un chubasco”.

“Bueno, ¿qué piensas entonces de ver el mundo? ¿Deseas doblar el cabo de Hornos para ver más de él, eh? ¿No puedes ver el mundo desde donde estás parado?”

Me quedé un poco desconcertado, pero a la caza de ballenas tenía que ir, y así lo haría; y el Pequod era un barco tan bueno como cualquier otro —el mejor, según yo—, y todo esto se lo repetí ahora a Peleg. Viéndome tan decidido, manifestó su buena disposición para enrolarme.

—Y bien puedes firmar los papeles ahora mismo —añadió—; venga contigo. Y diciendo esto, abrió el camino hacia la cubierta inferior, rumbo al camarote.

Sentado en la popa había lo que me pareció una figura de lo más extraña y sorprendente. Resultó ser el capitán Bildad, quien junto con el capitán

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